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El Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) desató la polémica al habilitar el uso de citrato de cobre para eliminar olores y sabores indeseados en el vino. Una medida que busca optimizar la calidad, pero que reabre el debate sobre la "pureza" del néctar bacchus. ¿Qué significa esto para tu próxima copa?
El Boletín Oficial acaba de publicar una resolución que sacude los cimientos de la industria vitivinícola argentina. El INSTITUTO NACIONAL DE VITIVINICULTURA (INV), bajo la firma de su Presidente Carlos Raul Tizio Mayer, dio luz verde a una práctica enológica que promete cambiar la cara de muchos vinos: la adición de citrato de cobre.
La medida autoriza el uso de este compuesto para combatir olores y sabores desagradables causados por el sulfuro de hidrógeno y sus derivados, comúnmente conocidos como "reducción" o "huevo podrido". Este problema, que puede surgir durante la fermentación o el almacenamiento, es un verdadero dolor de cabeza para los productores y una decepción para los consumidores.
La decisión no es un capricho local. El INV se apoya en precedentes internacionales, citando a la ORGANIZACIÓN INTERNACIONAL DE LA VIÑA Y EL VINO (OIV) y al Reglamento Nº 2019/934 de la UNIÓN EUROPEA, donde el citrato de cobre ya es una práctica admitida y regulada. El mecanismo es simple: el cobre reacciona con los compuestos sulfurosos, forma un precipitado insoluble y luego se elimina por filtración, dejando el vino libre de esos aromas molestos.
Para las bodegas, esta resolución es una herramienta valiosa para el control de calidad, especialmente en vinos jóvenes o aquellos que presentan problemas de reducción. Les permitirá "salvar" partidas que de otra manera podrían ser descartadas o devaluadas, mejorando la competitividad y la imagen de sus productos en el mercado interno y externo. Sin embargo, no es un cheque en blanco: la dosis máxima permitida es de UN GRAMO POR HECTOLITRO (1 g/hl) y el precipitado cúprico debe ser eliminado por filtración, asegurando que el contenido final de cobre en el vino esté dentro de los límites establecidos por la normativa vigente.
Para el consumidor, esto podría significar vinos con una calidad más consistente y menos propensos a presentar "defectos" olfativos. Pero también abre el interrogante sobre la intervención en el proceso productivo. ¿Hasta qué punto se puede "corregir" un vino sin afectar su autenticidad o su carácter original? Es un debate que seguramente resonará en las mesas de cata y en las redes sociales.
Esta autorización, enmarcada en la Ley Nº 14.878, subraya la facultad del INV para regular las prácticas enológicas. Los que no cumplan con estas nuevas pautas se enfrentarán a las sanciones previstas en el Artículo 24 de la misma ley. Así que, la próxima vez que descorches un vino argentino, sabé que detrás de esa copa perfecta, quizás hubo un "toque de cobre" para garantizar tu disfrute.
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